Este es el relato de la instrucción judicial de un caso criminal que parecía destinado al olvido, a diluirse en beneficio de esa lacra que es la impunidad delictiva de origen político.
Es un relato hecho a pie de obra, con reflejos del alto precio personal que se paga cuando el medio en que se intenta repartir justicia está plagado de trampas.
En este documento, la autora se apoya en las confesiones ya públicas de los implicados y en numerosas comunicaciones personales de otros muchos participantes en el proceso, para exponernos las limitaciones, las interferencias y las constantes frustraciones a las que se enfrentan los partidarios de la justicia bien entendida.
Aquí, el trabajo de un juez de instrucción veinte años después de cometido un crimen, se convierte en un alegato actual y valiente contra la dejadez de responsabilidad de muchos otros oficiales judiciales que le precedieron. Queda así reflejado como esa criticable conducta, sin duda prevaricadora, apuntaló directamente el palio extenso, sucio e inmoral de la Obediencia Debida y la Razón de Estado.
Palio bochornoso bajo el que se cobijaron los autores del delito y otros que tuvieron por deshonrosa labor la ocultación de pruebas, investigaciones y confesiones.
Como es natural en un medio angosto y deficiente en escrúpulos, a estas maniobras de lesa justicia le siguieron el miedo y la Ley del Silencio, la utilización política de culpabilidades conocidas o supuestas como moneda de cambio para la lucha facciosa por el poder, seguidas de histriónicos monumentos a la irresponsabilidad moral y política, que en algún señalado caso, se convirtió en éxito editorial gracias a su condición de desafío a la constitucionalidad.
Y así, entre acciones ilegales continuadas, llega a acumularse el polvo de dos décadas sobre este expediente, hasta que una acción judicial que nadie se esperaba hace caer de golpe el mañoso entramado que ocultaba la verdad: Ante el pertinaz avance de la investigación aparecen otra vez los testimonios, los indicios y las confesiones. Se extienden las implicaciones y se olfatean responsabilidades, la impunidad protectora se resquebraja y la cooperación con la justicia se convierte en algo perentorio.
Es la explosión de un absceso purulento.
Se puede decir que una vez leído este relato, le queda aún al lector lo que no se expresa en palabras, sino que surge de actitudes momentáneas de alguno de los personajes. Son disposiciones y gestos que nos advierten de futuras maniobras de apropiación indebida de un éxito judicial ajeno, inesperado, desbordante y aleccionador, y delatan a individuos que sin duda estarán dispuestos a instrumentalizarlo a su favor en el campo político y profesional, sin hacerle ascos a la negociación paternalista con los culpables.
Finalmente, con este relato se intenta que tanta paciencia, tanto trabajo y tanta responsabilidad asumida por unos pocos, no se tenga como un relámpago aislado en la acostumbrada oscuridad de la justicia dominicana, llena aún de casos similares al asesinato de Orlando Martínez Howley. Los jueces actuales y futuros tienen ahora la palabra, pueden situarse del lado de la justicia, o bordear de continuo el abismo de la prevaricación…
C. C.
SAN CRISTÓBAL, SEPTIEMBRE DE 1999