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La persistencia de algunos grupos políticos de izquierda
  contribuyó a que el crimen de Orlando Martínez no
  prescribiera.   
  La justicia esperada 
 
  PANKY CORCINO /LISTIN DIARIO
  Santo Domingo
  Cuando el próximo jueves se inicie el juicio contra los implicados en el crimen
  del periodista Orlando Martínez Howley, ocurrido en marzo de 1975, la
  justicia dominicana estará escribiendo el final de una historia de impunidad que
  perduró durante 22 años y dejó dolor e impotencia a toda la sociedad. Las
  expectativas están puesta desde ya en la jueza de la Décima Cámara Penal
  del Distrito Nacional, Katia Miguelina Jiménez Martínez, a quien
  corresponderá juzgar a los ex-oficiales acusado del hecho.

  Durante largos años la falta de voluntad política mantuvo el proceso
  ''empantanado'' en la justicia hasta que el viernes 14 de marzo del año
  pasado, el entonces juez de instrucción de la Cuarta Circunscripción, Juan
  Miguel Castillo Pantaleón, inició los apresamientos de los ex-generales
  retirados Salvador Lluberes Montás (Chinino), Joaquín Antonio Pou Castro y
  José Isidoro González. Además acusó a los ex-militarers Rafael Alfredo
  Lluberes Ricart (Lluberito), Luis Emilio de la Rosa Beras y Mariano Durán,
  quien se encuentra prófugo.

  A un año y ocho meses después de la detención de los presuntos
  responsables del crimen todavía la sociedad mantiene la esperanza de que se
  puedan conocer más detalles en torno al crimen. Hasta la fecha el general
  Lluberes Montás figura como el único acusado de planificar el crimen del
  comunicador social. El oficial niega los cargos formulados en su contra y la
  suerte le acompañó un poco desde hace algún tiempo cuando sus alegatos de
  males de salud llevaron a que, finalmente, el ex-procurador general de la
  República, Abel Rodríguez del Orbe, dispusiera su excarcelación en julio de
  este año.

  Hasta un conocido comentarista de televisión insistió para que el gobierno
  favoreciera al detenido que argumenta problemas en el corazón y cáncer. La
  excarcelación de Lluberes Montás volvió a sembrar las dudas en torno al
  proceso y la madre del periodista, Doña Adriana Howley, se vio desfallecer
  una vez más. Ahora no tiene fuerza para acudir al tribunal a ver iniciado un
  juicio que esperó por largos años y llegó a ver como irrealizable.

  Mientras tanto, Carlos Balcácer, quien encabeza al grupo de abogados del
  general retirado, que en la actualidad se encuentra en su residencia de La
  Romana, se muestra muy optimista. Recuerda que su defendido deberá
  permanecer en libertad ya que la jurisprudencia señala que para que un
  excarcelado vuelva a prisión se requiere de un nuevo decreto presidencial que
  contravenga la orden mediante la cual resultó favorecido al principio.
  Algunos piensan que los viejos compromisos políticos hecho a la sombra del
  poder entre el líder máximo del Partido Reformista Social Cristiano (PRSC),
  Joaquín Balaguer, y el oficialista Partido de la Liberación Dominicana (PLD)
  pesa demasiado como para que el gobierno de marcha atrás y obligue a
  Lluberes Montás a padecer una prisión como los demás presos del
  expediente, como sucede con el general Isidoro Martínez, quien se encuentra
  interno en la Cuarta Planta del hospital Central de las Fuerzas Armadas,
  enfermo del mal de Parkison, diabetes, cáncer protástico y presión arterial
  alta.

  Pese a todo el optimismo persiste. Para Eduardo Jorge Prats, director
  ejecutivo de la Fundación Institucionalidad y Justicia (FINJUS), el desafío de
  castigar a los implicados en el crimen de Orlando representa uno de los más
  grandes que ha enfrentado la transición democrática que vive la sociedad
  dominicana a partir del ajusticiamiento del dictador Rafael Leonidas Trujillo.
  ''El castigo de los autores materiales e intelectuales de tan alevoso crimen es
  una espina en el costado de la sociedad dominicana'', señala Jorge Prats. El
  jurista entiende que Orlando se ha convertido en un símbolo de la lucha contra
  el autoritarismo y la intolerancia que imperaban en República Dominicana al
  momento de ocurrir el hecho.

  El director ejecutivo de la FINJUS espera que tanto el Ministerio Público, la
  Parte Civil Constituida, la Defensa y la presidencia de la Décima Cámara
  Penal dispongan de todos los medios a su alcance para que se lleve a cabo un
  juicio justo e imparcial. Confía en que se establezcan, más allá de toda duda
  razonable, las convicciones que permitan declarar la responsabilidad de los
  culpables y arribar a las decisiones correspondientes a cada caso.
  Los hechos

  Orlando Martínez cayó abatido la noche del 17 de marzo de 1975. Al
  momento de su muerte se desempeñaba como editor de la revista Ahora y
  columnista de el vespertino El Nacional desde donde mantuvo una actitud de
  cuestionamiento a la política del entonces presidente Balaguer y a las
  ejecutorias de algunos funcionarios de su gobierno. El horrendo crimen se
  convirtió en un símbolo de la intolerancia política e ideológica, quizás las
  mismas causas que el 26 de mayo de 1994 llevaron a desaparecer al
  catedrático universitario Narciso González (Narcisazo) o dejaron una cantera
  de muertos en la historia de la vida republicana del país.

  Durante el citado año salieron a relucir informaciones que señalaban nombres
  de presuntos implicados en la ejecución del crimen, calificado como un crimen
  de Estado por el propio Balaguer. La Policía Nacional, dirigida por el
  fenecido general Neit Rafael Nivar Seijas, llegó a realizar unas investigaciones
  que se llegaron a conocer de manera oficial el año pasado, cuando el juez
  Castillo Pantaleón concluyó la sumaria del hecho. Antes sólo existió la
  especulación y la creencia cada vez más firme de que Pou Castro era una
  pieza clave para resolver el caso.

  Acostumbrado a manejarse en medio de un manto de misterio, Balaguer dejó
  en blanco la página 333 de su libro ''Memoria de un Cortesano en la Era de
  Trujillo'', para que una persona que le sobrevirá estampe la verdad sobre el
  crimen del periodista. Quizás ese gesto del ex-mandatario contribuyó también
  a que una izquierda política cansada de que su voz de reclamo de justicia
  quedara en el vacío, siguiera adelante exigiendo castigo para los criminales.
  El crimen no prescribió en los tribunales gracias a los grupos de izquierda que
  hicieron del asesinato de Orlando una bandera de lucha capaz de general
  indignación o a abogados como Rodríguez del Orbe. Cansada, Doña Adriana
  y sus familiares empezaban a perder la esperanza cuando en marzo del año
  pasado se anunciaba el final de su larga espera. La señora, de 82 años,
  también perdió a su hijo Edmundo Martínez Howley, a quien asesinaron el 22
  de diciembre de 1975.

  A principio del año pasado Doña Adriana reiteró la querella contra los
  implicados en la muerte de su hijo. Además, exigía someter a interrogatorios
  al ex-presidente Balaguer y varios altos oficiales en retiro, incluyendo a
  Enrique Pérez y Pérez, cuyo nombre sólo sacó a relucir Pou Castro al
  momento de su detención cuando dijo que suponía el oficial estaba preso
  porque ''en este país nada más agarran a los chiquitos''.

  Sin embargo, las indagatorias del juez Castillo Pantaleón sólo llegaron hasta
  Lluberes Montás. El oficial se desempeñaba como jefe de la Fuerza Aérea
  Dominicana y entre los indicios señalados en su contra por el juez figura el
  hecho de que ''sólo él, por su jerarquía militar, podía ordenar que el personal
  bajo su mando directo (jefe de inteligencia y colaborador más cercano,
  coronel Isidoro Martínez; y un oficial, Jefe de Investigaciones, mayor Pou
  Castro), ejecutara el operativo que culminó con el crimen''.

  Ahora las expectativas están puesta en la jueza Jiménez Martínez, quien
  conocerá un hecho sin precedentes en la historia dominicana. El abogado
  Domingo Porfirio Rojas Nina, de la Comisión Nacional de los Derechos
  Humanos, entiende que el juicio representa ''el reencuentro del pasado
  histórico jurídico con el presente luminoso de un nuevo Poder Judicial y un
  paso trascendental que sirve de ejemplos para las presentes y futuras
  generaciones de dominicanos''. Por eso, mantiene la esperanza de que se
  apliquen las leyes en todas sus dimensiones y que otros crímenes tan
  horrendo, como el de Gregorio García Castro, puedan ser castigado algún
  día.

  Muchos se preguntan si las autoridades judiciales serán capaces de llegar más
  allá y romper cualquier cortina de silencio y complicidad que pudiera existir
  entre los actuales acusados y otras instancias de poder de la época en que
  ocurrió el crimen. A la madre de Orlando no le convence nada. Todavía
  piensa que mientras Balaguer ''respire'' será imposible conocer toda la verdad,
  la que se guardó durante más de dos décadas.


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