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Algunas variaciones alrededor de Orlando Martínez

Miguel D. Mena
El Siglo, 30 Oct. 1999
cielonaranja@mixmail.com

El autor se interroga sobre el significado perturbador, para todos los gobiernos, de la muerte del periodista Orlando Martínez en 1975.

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BERLIN, Alemania.- La de Orlando Martínez es una de esas muertes que no cesa, de las que el tiempo va transformando en lava, pared, soplo, eco, lluvia. Tiros fueron esos que no sólo acabaron con un hombre sino también nos hicieron visibles esa grieta ósea que a todos nos conformaba y que todavía forma parte de nuestras estructuras mentales, cotidianas.

Nos hemos pasado veinticuatro años toreando esa muerte. Los rumores sobre sus autores intelectuales y materiales han sido un soplo permante.

La mayoría de ellos han ido a dar a las cárceles. Cuando se piensa en todo eso se supone que la conciencia podrá descansar cuando todo concluya en una sentencia judicial.

En realidad la muerte de Orlando debería ir más allá de un simple acto de justicia. Debería situarnos en una posición crítica de lo que somos, de lo autoritario que nos caracteriza, del gatillo fácil, la acción encubierta, las mentiras, la violencia, la falsedad con que han modelado el barro de nuestra vida social.

Hay un antes y un después en la historia dominicana tras aquellos disparos. Estamos de acuerdo que con ellos la violencia se nos hizo más consciente, visual. Los muertos de antes, aquellos que bien comenzarían en los 30 con la disidencia antitrujillista y continuaban con la oposición balaguerista, se quedaban en la sombra de un poder unipersonal, en la espontaneidad de los mandos medios, a veces en el azar.

Tuvimos caídos como Desiderio Arias, muertes cobardes como las de la Mirabal, Amín Abel, Caamaño. Todas ellas levantarían sus polvaredas respectivas, formarían parte de las pesadillas locales, pero de alguna u otra manera se diluirán dentro de los males mayores que por entonces se sucedían en un orden incesante, infinito. Ellos formaban un continuum dentro de la pre-modernidad de la política dominicana. Los que ajusticiaron a Arias lo hacían por órdenes del tirano, lo mismo que en el caso de las hermanas salcedenses. A Amín Abel y a Caamaño los liquidaron a sangre fría. Todos ellos -para sólo hablar de un puñado-, fueron parte de esa violencia de razones mayores, de períodos de grandes agitaciones, en una espiral donde la próxima muerte impactaba tanto como para dejar de velar a los que todavía tenían sus velas prendidas. Unas muertes sacaban a las otras de circulación.

Para 1975 parecía que esta orgía de sangre había llegado a sus últimas costas.

Las leyes agrarias, proclamadas un par de años antes, le había tirado un balde de agua fría a un problema más que centenario.

Se podía hablar entonces de un movimiento obrero con cierta incidencia, de clubes juveniles y estudiantiles en actividades de solidaridad y defensa, de críticas y propuestas. Se luchaba por el regreso de los exiliados, de los que el pintor Silvano Lora sería casi el último en llegar -y donde Orlando jugaría un papel esencial.

Seis meses antes de ese asesinato se había celebrado en el país el Festival de la Canción Siete Días con el Pueblo. Ahí estaba Orlando, en una foto histórica, en la que se ve en el suelo, junto a Víctor Manuel, Ana Belén, Carlos Francisco Elías, y si la memoria no me falla, estaba también Emma Tavárez Justo, si no era que la fiesta también se había dado en la casa de esta.

Entonces se podía hablar de un movimiento popular bastante compactado en torno a intereses comunes, donde lentamente calaba la idea de que se podía ejercer el derecho a la voz sin pensar en coger el monte. El periodista y el militante Martínez formaban parte de una nueva avanzada revolucionaria, aquella que no se calaba pantalones kakis ni hacía alardes milenaristas. Lo suyo era trabajar en la sociedad civil, ejercer el derecho a la crítica, creer en lo que decía, obrar por amor.

¿A partir de qué momento la sección de "Microscopio" comenzó a robarle el sueño a sus futuros asesinos de cuatro estrellas? ¿No había sido suficiente lo acontecido con el también periodista Gregorio García Castro un par de años atrás?

Hay que ver la muerte de Orlando Martínez como un proceso de aristas múltiples.

Pensar en los miedos que su verbo generaba, en la conducción de un Estado que necesitaba de desapariciones sin tener una conciencia de sus consecuencias, de gendarmes suyos que se tomaban semejantes atribuciones sin contar por otro lado con una voluntad política suficiente que la amparase. Llegaríamos así al peso que tienen las relaciones primarias en la sociedad dominicana, al clientelismo que congenia con el absurdo cuando no la crueldad. ¿Por qué el iceberg que dio al traste con la vida de Orlando sólo llega en los juzgados hasta el general Lluberes Montás? ¿Cómo es posible que luego de confirmada la participación de este en la trama, de su responsabilidad, el candidato presidencial del Partido Revolucionario Dominicano clame por su liberación? ¿Continuar con la amnesia? ¿Seguir con el borrón y la cuenta nueva como decir rómpase el brazo que si se pone un saco no se notará?

Toda esta constelación de hechos y factores no hace más que sumirnos en lo que la politología alemana denominaba la "politik Verdrossenheit" y que bien podría traducirse como el desgano de la gente con respecto a lo que pasa a su alrededor. Orlando todavía no está lo suficientemente enterrado por sus luchas fundamentales -de las cuales el antibalaguerismo era uno de sus pilares-, hoy tiene más actualidad que nunca.

Los colores de la política partidaria se han mezclado de tal forma que ya no hay dentro de los tres partidos diferencias sustantivas. Lo que podría ser un sector alternativo, las izquierdas, también están cundidas de un balaguerismo inconsciente -que ya hemos tenido tiempo de dilucidar en artículos anteriores.



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